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¡El
(buen) humor también es dinero!
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Por Marina Pinto Barbosa Una hija de la burguesía que sale hace un tiempo con un enano de una gran familia en la que todos sus miembros son enanos. Un hombre, casado con una mujer triunfadora, que se quedó en el paro y se transformó en un amo de casa y ahora se las ve y se las desea para educar a sus dos hijos. Un homosexual que no soporta la indiferencia de su autoritario compañero. Un psicoanalista divorciado, enamorado de su ex mujer, que aprende junto a su hijo adolescente a ver el mundo desde una perspectiva algo más cómica. Y finalmente un actor. Solo. Delante de un público dudoso. Una silla simple, sin brazos. Dos mesas. Una bastonera donde descansan todas las historias... La historia de Ana Lucia, que se quedó fascinada con la sonrisa de Hugo, la de Carlos Alberto, que aprende a valorar la doble vida de la mujer contemporánea, la de Clayton y Dudu, que se reconcilian ante el peligro de que muera Baby, su gata, con el respaldo de un veterinario comprensivo y atento. Y la de Mario, ¡que aprendió a sacar su humor del armario! En principio, el escenario familiar, nada funcional, sin tiempo, no tiene nada que ver con el ambiente empresarial al que va destinado el mensaje de la obra. Pura ilusión. Desde ese momento ya se están rompiendo antiguos esquemas, y se viene a decir que los emparejamientos imposibles pueden llegar a dar buenos resultados. Todas estas historias tienen un final positivo, si no feliz. Las dificultades existen para ser superadas, de una forma o de otra, pero sobre todo con humor, con mucho humor. Esta es la propuesta de Mario, tu humor está en el armario, y la propuesta personal de Raul de Orofino (teatrodeoro@openlink.com.br). Actor y autor teatral, de treinta y ocho años, nacido en Rio de Janeiro, hijo y nieto de italianos, fue el responsable de la divulgación del teatro a domicilio cuando todo Brasil nadaba contra una corriente llamada Collor de Mello y pocos tenían el dinero necesario para ir al teatro, y mucho menos para poner una obra en escena. Fue también pionero del llamado "teatro a bordo", en el escenario improvisado del estrecho pasillo de un avión, donde hacía olvidar a los pasajeros que estaban volando haciéndoles reír. E inventó finalmente el teatro-empresa, representando sus piezas en cualquier oficina. ¿Qué se pretende con esto? Mejorar las relaciones entre los equipos, agilizar decisiones, facilitar la modificación de los hábitos, romper tabúes y evitar el precipicio de la rutina. Es decir, aumentar la productividad y la calidad del trabajo. Porque "un trabajador de buen humor está más abierto a los cambios que otro malhumorado. Está comprobado científicamente: cuando reímos, liberamos endorfinas, que calman los dolores físicos y emocionales, además de reforzar nuestro sistema inmunológico. Conclusión: podemos pensar, crear y producir mejor". Es una filosofía de vida. La misma filosofía que Raul de Orofino discute con su público después de cada actuación, sentado en su silla simple, sin brazos, provocador, bien delante de las diez, veinte, cien o mil personas que, a petición del actor, participan activamente en los desahogos de consultorio de todos los protagonistas, con quienes, muchas veces, incluso mantienen algún diálogo. Presidentes, directores, secretarias, empleados, encargados de la limpieza, cocineros (si los hay), enfermeros, médicos, enfermos y gente sana... todos ellos acaban absorbidos por el escenario, del cual, por otro lado, forman parte. Porque las dificultades y los prejuicios contra los que la tenaz Ana Lucia, el desplazado Carlos Alberto, el sensible Clayton o el arrogante Dudu (y hasta Mario, que simplemente se olvidó de sí mismo) luchan en sus propias casas, rodeados de sus propias familias, son los mismos que encuentran y podrían enfrentar todos los días en su lugar de trabajo. Sólo cambian las caras, las causas de los conflictos y los motivos del mal humor. O tal vez no. "Guardad en vuestra cartera o en el cajón de vuestro escritorio una fotografía de vuestros hijos en una situación graciosa. O de vuestra novia... Haced muecas delante del espejo antes de salir de casa". Son consejos de Raul de Orofino para vencer el abatimiento de los lunes, el aburrimiento de una reunión interminable o el temor ante una decisión que debe tomarse necesariamente. Y a decir por las sonrisas (y por la total ausencia de bostezos o de expresiones aburridas durante la hora y media que dura el espectáculo, el debate con el público y las carcajadas) la obra parece conseguir fácilmente resultados bien más visibles y duraderos que cualquier discurso de un conferenciante encorbatado y serio sobre los beneficios del humor en las relaciones profesionales, la calidad total, la modificación de hábitos o la adaptación a nuevos modelos. En definitiva, Raul de Orofino se limita a demostrar lo que todos sabemos, pero olvidamos con frecuencia: que "reír es (verdaderamente) la mejor medicina".
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